Raquel Míguez nos regala más detalles sobre su nueva novela, "Awoki y los piratas en playa Escondida"


"A los lectores no se les puede simplificar, ni meterlos por atajos, ni hacer trampas. Son niños, no bobos"

Raquel, ¿de dónde nació la historia de Manu, Awoki y el resto de personajes de esta novela tan divertida y aventurera?

Me atraía crear una aventura en la que el mar tuviera un papel. Playa Escondida existe y es un sitio con magia. Ella me llevó de la mano. Cada vez que iba, me envolvía en su atmósfera, me atrapaba. Como si me estuviera empujando a descubrirla desde mi yo de escritora, a hacerla protagonista. ¡Y lo consiguió! Es cómplice en la aventura de los niños. Y, por otra parte, en el origen también está el personaje de Awoki. Un niño distinto que viene de muy lejos. Me parece fascinante la manera en que los niños aceptan al diferente. Primero quieren saberlo todo, preguntan y preguntan, pueden llegar a incomodar. Pero, una vez saciada su curiosidad, integran al otro con naturalidad. Las diferencias se diluyen, siempre y cuando no lo fastidie un adulto con sus prejuicios. 

Nos llevas con Manu al pueblo de los abuelos, ¿hay que seguir reivindicando el pueblo y todo lo que se puede hacer en él?

Para un niño de ciudad, un pueblo es la oportunidad de vivir experiencias distintas a las habituales. Es un escenario en el que encontrará opciones atractivas para compaginar la diversión virtual con la real. Con la calle. Además, un pueblo pequeño le ofrece la posibilidad de ser autónomo. En “Awoki y los piratas”, los niños se mueven con libertad y eso hace posible un contacto permanente con la naturaleza y con los amigos. Hacen planes, comparten risas, conversan, se echan una mano. La amistad es imprescindible para disfrutar de la vida y para consolarnos de la vida cuando nos trata a patadas. También eso está en la novela.

Hablando de pueblo, ¿nos llevas a algún pueblo en concreto? ¿Has tenido algún lugar real en mente mientras escribías?

En realidad, es la mezcla de dos pueblos. Uno de mar y otro de interior. El primero está en Asturias, se llama Puerto de Vega. El segundo es Carballiño, en Orense. Ambos son escenarios donde los niños se pueden permitir jugar en la calle con autonomía porque todo el mundo conoce a todo el mundo.


Siempre pensamos que los grandes sucesos ocurren muy lejos de nosotros, ¿con esta novela también has querido contar que lo más grande puede estar muy cerca de lo más cotidiano?

Sí, así es como son las cosas. En la historia (y en la vida), ocurren cosas importantes a nuestro alrededor y ni siquiera nos damos cuenta. Y, desde otro enfoque, en las acciones cotidianas está la clave para hacer algo grande. Yo creo en eso que dijo Eduardo Galeano, eso de que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo. Es una idea que vale también para los niños. Los niños son clave para mejorar la sociedad.

Manu, el protagonista, cree que hay extraterrestres intentando invadir la Tierra, algo que hasta el final no se desvela si es cierto o no. Raquel, ¿tú crees en los extraterrestres? 

Como Vilma, la abuela de Manu, me pregunto por qué no. Si todavía queda mucho universo por explorar, hay bastantes probabilidades de que no seamos los únicos seres vivientes flotando en el espacio. Antes, me encantaba pensar que llegaría ET a enseñarnos a hacer un mundo mejor, pero desde que Stephen Hawking advirtió del peligro de lanzar mensajes a los extraterrestres porque es posible que sean hostiles, ya no me hace tanta ilusión cruzarme con ET.

La novela se lee muy fácil y muy rápido, lo que me hace sospechar que has tenido que trabajar mucho en cada página… ¿fue complicado escribir este libro? ¿Has trabajado mucho en él?

Trabajo mucho cada libro, y en la escritura de cada libro hay momentos complicados, de crisis y sufrimiento, y momentos en los que disfrutas, te emocionas y te ríes con tus personajes como si hubiesen llegado a tu vida para salvarte. Soy del tipo de escritora que se pasa la vida como en una montaña rusa, sufro muchísimo y disfruto muchísimo mientras trabajo. Y paso de un sentimiento a otro en lo que tardas en estornudar.

Aunque es una historia que se puede disfrutar mucho en cualquier lugar y momento del año yo recomiendo esta novela para leerla ahora, en verano, cerca de la playa y de los amigos si es posible… ¿y tú? ¿Dónde te gustaría que la leyésemos y la disfrutásemos?

Hombre, a mí me gustaría que la disfrutaseis en cualquier momento del año. Si es verano, en la playa o a la sombra de un árbol y cuando llegue el invierno, pegaditos al radiador o junto a una chimenea. Los libros son generosos, nos acogen de enero a diciembre.

¿Cómo te lo has pasado con Awoki y los demás?

Pues quitando lo malo, como decía mi suegra, me lo he pasado muy bien. Quiero decir que dejando a un lado las dudas y las crisis que siempre surgen durante el proceso de escritura, he disfrutado mucho. Sobre todo con Quinta, que es de esas personas que hacen gracia sin pretenderlo. Y con las extravagancias de Ruth, que es una chica genial, o con los inventos de Annie, la heladera del pueblo. En el libro hay mucho humor, así que me he divertido bastante.

¿Qué me dices de las ilustraciones de Ana? ¿Qué te han parecido?

Ana Pez es un lujo de persona, un lujo de ilustradora y un lujo para el libro. Ha hecho su interpretación de la historia y me identifico con el resultado. El escenario es tal y como lo ha imaginado ella, fue muy emocionante ver esas escaleras interminables y las sombras de los niños bajando a playa Escondida en plena noche.

Me he quedado con muchas ganas de aventuras junto a Ruth y a Quinta… ¿te gustaría escribir más aventuras de este grupo de amigos tan singular?

Sí, me encantaría reencontrarme con esos personajes, observarlos, seguirlos en sus locuras. Nos entendemos, nos hemos hecho cómplices. Sería como volver a casa. Cuesta no añorar a Awoki y sus amigos. 

Hay cosas muy aventureras y locas en esta novela, como una tienda de animales pintada de un modo poco recomendable… ¿al escribir para que también puedan leer los niños hay que dejarse llevar por la locura? ¿Suele ser casi siempre síntoma de diversión y éxito?

Yo creo que tienes que buscar al niño que fuiste, meterte en su piel y observar el mundo. Y los niños miran distinto y se les ocurren cosas distintas que a los adultos. Ellos interpretan la realidad de otra manera, eso me fascina. Y sí, a veces hacen y piensan cosas muy locas y es fantástico pillarles ese punto y dejarte llevar, sin miedo, pasándolo bien. No es que eso te garantice éxito, pero sí es cierto que cuando tú te diviertes con la historia que estás escribiendo, el lector se divierte al leerla.

¿Qué te dicen todos los que leen esta novela? ¿Cómo lo están pasando con ella entre las manos?

Estoy contenta con lo que estoy recibiendo. Los lectores se meten enseguida en el escenario, se divierten en él y se identifican con los personajes, se emocionan, pasan un poquito de miedo, sienten la intriga, siguen los pasos de los niños en su investigación para encontrar a los piratas… Me siento agradecida. 

Estamos ante una historia para leer a partir de los 10 años… ¿a quién le recomiendas que no se la pierda bajo ningún concepto?

Por ejemplo, a los lectores que dicen eso de que no les gusta mucho leer, porque en este libro hay acción desde el minuto uno y eso engancha. A los que sueñen con vivir una gran aventura con sus amigos. A los que les gusten los libros que les hacen reír. A los que estén tristes por algo y no entiendan por qué no son capaces de llorar. A los que les interese la vida extraterrestre… Y a los adultos que añoren su infancia. En fin, recomiendo que nadie se la pierda :-).

Raquel, ¿qué es lo mejor de escribir para que también lean los niños? ¿Y lo peor?

Lo mejor es que tienes que desdoblarte, convertirte en otro. Al menos, es lo que yo necesito para escribir, observar a mis lectores, meterme en la piel de mi niña interior y espiar el mundo desde sus ojos. Otro de los atractivos es que los límites son más amplios que cuando escribes para adultos. Pero es imprescindible que captes cierto lenguaje, ser preciso, no puedes olvidarte de la lógica ni de atar todos los cabos porque escribes para lectores muy exigentes. Puedes convertir una calabaza en carroza, siempre que no hagas trampa, siempre que haya un porqué y un proceso que lo justifique. No vale que aparezca una paloma de la chistera, sin más, porque eso solo les funciona a los magos. A los lectores no se les puede simplificar, ni meterlos por atajos, ni hacer trampas. Son niños, no bobos. 
¿Lo peor de escribir para niños? La verdad es que no se me ocurre. 

En tu novela aparecen cigarros, niños que se meten en problemas, que hacen cosas que los mayores les han dicho que no hagan… ¿hay que ser un poco gamberros al escribir?

Hombre, los cigarros los fuman los malos de la novela. Aparte de eso, sí, los protagonistas se meten en problemas porque si no, no habría aventura, ni tensión, ni peligro, que son sensaciones que pretendo transmitir al lector. Me gusta jugar con el humor y para eso hay que hacer el gamberro, desobedecer, saltarse las normas, aunque en mis libros siempre está clara la diferencia entre el bien y el mal. Mis personajes hacen el gamberro y no siempre obedecen, pero con una justificación, entre otras, que los adultos no siempre tienen razón. Yo estoy de parte de mi lector. Escribo para él. Lo que quiero es que sea él el que se divierta con lo que lee, de manera que meterte de cabeza en un libro sea sinónimo de planazo para una tarde de lluvia, por ejemplo. Sería fantástico lograr eso.

¿Qué te gustaría dejar en todos los que lean “Awoki y los piratas en playa escondida”? ¿Qué sensación o sensaciones?

Me encantaría que mi lector se sienta acompañado, que perciba que no está solo, que hay quien siente lo mismo que él: pena, miedo, amor, rabia. Ternura, también. Que quede en él un poso de lo que significa la amistad. De lo importante que es cuidar a los amigos. Y también, que somos nosotros los que tenemos que cuidar del planeta. No esperar a que lo hagan los gobiernos, sino actuar en nuestra pequeña parcela. Cuidar la tierra es responsabilidad de los niños, tanto como de los adultos. La infancia no es un lugar de paso, en el que tus acciones no tienen trascendencia. La obligación de mejorar el mundo es cosa de todos. 

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