El día que Papá Noel se puso en huelga


Y Papá Noel se puso en huelga.

No. No es que aquel año tuviese menos ganas de trabajar o estuviese aburrido de hacer lo mismo cada Navidad. Qué va. Lo que pasaba era que estaba harto de algunas cosas que pasaban en el mundo.

Las cartas que recibía eran cada vez más egoístas y menos cariñosas. Todos pedían para sí mismos. Ninguno se acordaba de los demás. Nadie ofrecía buenos deseos o siquiera un por favor… eso era algo que entraba dentro de lo normal, los niños no tienen por qué pensar en esas cosas y los mayores últimamente… bueno, digamos que no eran los mejores educadores de la historia. 

Llevaba varias navidades soportando aquello.

Pero había algo que había colmado el vaso, que le había hecho ponerse rojo como un tomate y que lo había llevado a tomar la decisión de ponerse en huelga por primera vez en su existencia.

Los niños ya ni siquiera le enviaban cartas.

Llevaba algunos años recibiendo correos electrónicos. No le hacía demasiada gracia, pero como se leían casi como una carta no lo había tenido demasiado en cuenta.

Pero ese año.

¡Ese año!

Había recibido un buen número de peticiones a través de miles y miles de Whatsapps. ¡De Whatsapps! ¿Os lo podéis creer?

Alguien se había enterado de su número de teléfono y le había colapsado el móvil. No habría importado si aquellos mensajes hubiesen sido cariñosos, atentos, juguetones o traviesos… pero ni siquiera había sucedido así, no, los mensajes eran egoístas, descreídos y caraduras.

¡Harto! ¡Estaba harto de la gente y del morro que tenía!

Así que lo había decidido: ese año no iba a trabajar. No habría regalos para nadie. Había convocado la primera Huelga General de Navidad de toda la historia. 

Estaba tan enfadado y tan ofendido que ni los duendes se atrevían a entrar en su despacho para intentar convencerlo de que anulase aquella huelga. Ellos llevaban todo el año trabajando en la realización de regalos. Si no los daban… ¡se pasarían de moda! ¿Qué iban a hacer con tanto regalo?
Y parecía imposible hacer que cambiase de opinión.

Nadie en todo el Polo Norte había visto jamás a Papá Noel tan ofendido.

El cartel que había pegado en la puerta de su despacho parecía dejarlo todo muy claro.


Los duendes no sabían qué hacer.

¿Acaso no habría nada que pudiese cambiar la situación?

Todos estaban desesperados en el Polo Norte. La preocupación llegó a todas partes y se empezaron a recibir llamadas de las personalidades más importantes del mundo, interesándose por esa Huelga que acababan de conocer por (aquí Papá Noel se la devolvió a todas las personas) por Whatsapp. 

Llamaron los presidentes de los países más grandes, los de los más pequeños e incluso de los medianos. Llamaron algunos reyes y reinas. Llamaron famosas y famosos. Incluso algún futbolista de esos que recibían premios de oro, plata y diamantes. 

En las oficinas centrales nadie sabía qué hacer.

La desesperación crecía.

Y cada vez que alguien le preguntaba, Papá Noel respondía lo mismo:

“No hay nada en el mundo que me convenza de lo contrario, esta Navidad no habrá regalos para nadie”. 

Todo parecía indicar que la huelga sería terrible. No tendría servicios mínimos ni nada que se le pareciese.

La Navidad parecía perdida por completo.

Y justo antes de que se sobrepasase la hora límite para la partida y el inicio del reparto, alguien llamó a la puerta del despacho de Papá Noel. Nadie se había atrevido a hacerlo en todo el día.

Papá Noel abrió tremendamente enfurecido. Iba a gritar por nosecuantísima vez que no pensaba repartir un solo regalo cuando descubrió la menuda figura de la duende más pequeña de todo el Polo Norte. Allí, ante la oronda figura de uno de los grandes protagonistas de la ilusión de la Navidad, estaba la pequeña María.

María entregó un papel a Papá Noel y se marchó corriendo.

Aquella carta hizo que la decisión cambiase. Nadie supo hasta muchos años después qué ponía en ella. Pero logró que Papá Noel derramase un par de lágrimas y recuperase la fe en las personas, en la propia Navidad.

La carta solo ponía dos palabras (bueno, eran ininteligibles, porque María no sabía escribir aún, pero algunos días después la pequeña duende se lo dijo en persona): Generosidad. Ilusión.

Aquella carta cambió la historia de la Navidad y del mundo para siempre y que consiguió que Papá Noel viajase por toda la Tierra durante mucho, mucho tiempo. 

Viajó en verano, en otoño, en invierno y en primavera. Conoció a los nuevos niños del mundo y se adaptó a su nueva forma de ver, de contar, de actuar. Comprendió que la generosidad, la ilusión y el amor estaban ahí, como siempre, solo había que rascar un poco para encontrarlo por todas partes.

Aquella época fue la más feliz en la vida de Papá Noel y dicen que ya jamás dejó de viajar durante todo el año por todo el mundo, casi siempre acompañado de una duendecilla muy menuda que se llamaba María y que la Navidad volvió a ser la época más estupenda del año, aunque nadie se olvidaba de celebrarla y prepararla durante todo el año.

Y dicen muchas cosas más, sobre todo de las aventuras de María cuando fue un poco mayor y dejó de vivir en el Polo Norte pero ¿sabéis qué? Aquello ocurrió en otro momento, en otra historia, en otro cuento y quizá, solo quizá, algún día, alguien os lo cuente. 

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