Nubes


Nubes.

So-yangh soñaba siempre con nubes. Soñaba que corría por una pradera verde repleta de flores, arropada por la sombra de las nubes, nubes de formas múltiples y cambiantes que revoloteaban en un interminable cielo azul. Soñaba que sus pies descalzos se empapaban con el rocío de la hierba y que su vestidito blanco intentaba seguir su camino, volando al compás de su carrera. Soñaba que se tumbaba al sol y hacía visera con las manos para descubrir las formas más extrañas que las nubes eran capaces de tomar. Allí veía siempre ovejas saltarinas, jirafas juguetonas, elefantes malabaristas y, muy de cuando en cuando, incluso niños sonrientes que se perseguían en un juego que ella desconocía.

So-yangh era feliz cuando soñaba con nubes.

Y eso que ella no las podía ver casi nunca y mucho menos correr por una pradera para descifrar sus formas. So-yangh tenía 8 años y trabajaba en una fábrica de ropa. Entraba a trabajar antes de que saliese el sol y cuando regresaba a su casa, casi siempre se había escondido ya de nuevo, aunque cuando aún lucía en el cielo, ella estaba tan cansada, que era incapaz de levantar la mirada para dejarse calentar por sus rayos.

So-yangh nunca lloraba, ni siquiera se sentía triste por tener que trabajar todos los días en aquella sucia y gris fábrica de ropa, de hecho se sentía afortunada, porque gracias a su trabajo diario podía comprar comida para sus tres hermanos pequeños y para su madre enferma. Pero hubo un día que sí que lloró, un día que se sintió la niña más desgraciada del mundo. El día en el que, en los dibujos de las camisetas en las que ella tenía que trabajar, vio elefantes malabaristas, jirafas juguetonas, ovejas saltarinas y niños sonrientes que corrían sobre una pradera verde, repleta de flores de colores, bajo la atenta mirada de las nubes.

Javier Fernández
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