La princesa hechizada



Había una vez una princesa sonriente que se llamaba Sandra. 

La princesa Sandra vivía en Móstoles, un reino en el que, al nacer, hubo una gran celebración.  Aunque al poco tiempo esa celebración se convirtió en tristeza. Sandra cayó muy enferma y nadie sabía qué era lo que la ocurría, así que su madre, Raquel, buscó y buscó por todo el reino un remedio para curar el mal de su hija, pero, aunque buscó y buscó de modo infatigable, visitando pueblos vecinos, castillos cercanos, hadas madrinas, magos, druidas y brujos, nadie parecía conocer el mal que hacía enfermar a Sandra y por tanto, nadie podía curar su enfermedad.

La noticia de la búsqueda de la madre de Sandra llegó hasta un reino muy, muy lejano en el que vivía un mago especialmente sabio, conocedor de alquimias y magias que nadie más conocía. Él dio con la respuesta y viajó hasta Móstoles para llevársela a su madre. Sandra había sufrido un hechizo malvado, un hechizo que oprimía su corazón y que, si nadie ponía remedio, acabaría por marchitar la sonrisa de la princesa para siempre. Él no conocía el hechizo que curaría a Sandra, pero conocía un reino donde se decía que vivía un brujo capaz de deshechizar corazones, aquel reino se llamaba Boston y era un lugar al que muy pocos habían llegado, pues estaba en la otra punta del mundo.

La mamá de Sandra preguntó al mago cómo podía viajar hasta el reino de Boston para curar a su hija y el mago respondió que solo podría hacerlo a lomos de un dragón dorado. Entonces la mamá de Sandra lloró amargamente, pues los dragones hacía mucho tiempo que no eran más que leyendas… y el mago, depositando una de sus manos callosas en el hombro de aquella madre desesperada le dijo que había un modo de hacer aparecer un dragón, era algo muy difícil, pero no era imposible.

Solo hacía falta una única palabra, una palabra mágica, aunque debía ser dicha y, lo más importante, sentida, por mucha gente. La mamá de Sandra no sabía qué palabra era aquella ni cómo se la podía hacer decir o sentir a los demás, así que el mago, que no podía desvelar la palabra, la ayudó llamando a los habitantes del reino y recordándoles a Sandra… no hizo falta mucho más, al ver la sonrisa de aquella princesa, todo el reino se puso manos a la obra, también ayudaron muchos reinos vecinos y fue tanta la gente que quiso ayudar a la princesa que, antes de lo que nadie esperaba, apareció ante todos un enorme dragón dorado. El dragón miró a Sandra con cariño y le prometió que la llevaría a Boston para curarla del hechizo. Después, miró a todos los presentes y sonrió al saber que los dragones ya no eran solo una leyenda y que en el mundo de los humanos, a pesar de lo que muchos sigan pensando, aún existe la SOLIDARIDAD, la palabra mágica con la que la mamá de Sandra intentará deshechizarla para siempre…


Una niña de casi tres años nos ha inspirado para escribir este cuento que ayer os contamos en Menudo Castillo, se llama Sandra Martín León y nos gustaría dedicárselo. Bueno, a ella y a todos los niños que precisan en el mundo esa "palabra mágica" que pueda atraer a su Dragón.

Si queréis saber algo más sobre Sandra y su "hechizo", podéis visitar la web Esperanza para Sandra
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