El ejército de liberación de Minga



Cuando Cléider, su marido, se marchó para el cielo, doña Dominga, libre de mordazas, pudo opinar por primera vez en su vida y opinó muchas cosas. La primera, que no estaba de acuerdo con aquello de que toda guerra, por definición, es mala y que lo más sensato siempre es huir de los redobles de tambor. Como tal manera de afrontar la vida sólo les había traído amarguras y penurias, a ella, a sus hijos y a sus nietos, era hora de cambiar de manera de pensar. Y aunque Dominga estuviera vieja y no supiera de tácticas y estrategias y desconociera cuál es el torpedo y cuál el misil, estaba dispuesta a ponerse botas, casco, charreteras y uniforme, y a empuñar el fusil, y a marchar en primera fila para combatir cuerpo a cuerpo contra un enemigo altivo, combativo y mucho más poderoso que ella, La Indiferencia, esa señora gorda y apestosa que era la causa de todos sus males y a la cual Dominga debía vencer o morir en el intento. 

«¿Quién está conmigo?», rugió Minga a los cuatro vientos y, en principio sólo estuvimos con ella tres de sus nietos, Toto, Lencha y yo. Y, aunque parezca chiste, un asunto la mar de descabellado con ese regimiento tan reducido marchamos al campo de batalla a pisarle el primer callo a la gorda esa. 

«¿Qué hacen Dominga y sus mocosos chapoteando en medio del fango?», preguntó uno de los borrachines de la cantina. «Dizque limpiando el caño», respondió con ironía su compadre. «Eso es como querer limpiar de arenas una playa», sentenciaron los pesimistas de siempre, y al tiempo que sentenciaron nos tildaron de necios, tarugos e insensatos. 

Cinco meses después, hasta el más partidario de nuestra enemiga, hasta el más indiferente de los indiferentes tuvo que reconocer que, gracias a nuestra gesta, el caño apestaba menos que de costumbre y que las poblaciones de ratas y de mosquitos se habían reducido en el barrio drásticamente. «Vamos bien, mis soldados», vitoreó Minga. «La playa, empero, sigue estando atiborrada de arena», espetaron los pesimistas de siempre tratando de bajarle la moral a la tropa. Y la gorda apestosa, riendo a carcajadas, estuvo de acuerdo con ellos. 

Sonrió menos, eso sí, cuando la muy perezosa supo que doña Zenaida, doña Eudoxia, doña Refugios, doña Gertrudis y sus respectivos nietos se unieron a nuestro ejército de liberación, hecho que aprovechó Dominga para abrir un nuevo frente de combate llamado agricultura urbana. Sí, señores, así como lo leen. Mujeres y chiquillos nos dimos a la tarea de sembrar fríjol, zanahoria, apio, acelga y perejil en patios, azoteas, alpendes, zaguanes, lotes sin construir y en cuanto espacio pudiera ponerse un maceta… «¿Qué hacen Dominga y los demás revolviendo al buen tuntún tierra y caca de chancho?», preguntó el dichoso borrachín de la cantina. «Dizque solucionando nuestro problema alimentario», respondió su compadre. «Vaya locura. Eso es como pretender ser Ministro de Agricultura», sentenciaron los pesimistas de siempre, y al tiempo que sentenciaron nos tildaron de necios, tarugos e insensatos. 

Once meses después, hasta el más partidario de nuestra enemiga, hasta el más indiferente de los indiferentes tuvo que reconocer que, gracias a nuestra gesta, el puchero de los domingos era más abundante y más apetitoso. «Vamos bien, mis soldados», vitoreó Minga. «En el barrio, empero, sigue mandando la desnutrición», espetaron los pesimistas de siempre tratando de bajarle la moral a la tropa. Y la gorda apestosa, riendo a carcajadas, estuvo de acuerdo con ellos. 

Pero la muy remolona comenzó a tener verdaderos dolores de cabeza cuando Lulú, una bachiller recién llegada al barrio, doña Verónica, doña Magola, doña Petra, doña Micaela, don Cristino y otro centenar de guerreros cuyos nombres en este momento se me escapan se unieron a nuestro ejército de liberación, hecho que aprovechó Dominga para abrir nuevos frente de combate, la construcción de una escuela, de un comedor comunitario, de una guardería infantil comunitaria y de una cancha donde los niños puedan jugar a la pelota, así como lo leen. 

Como doña Indiferencia no estaba dispuesta a dejarse pintar la cara por una vieja ignorante y zarrapastrosa y por un puñado de montoneros más zarrapastrosos si se quiere, enterada de que era guerra de verdad lo que Minga y su tropa le declararon, la muy apestosa se dejó de risas y de menosprecios lanzando toda su artillería pesada sobre nosotros, sus rivales. 

Vinieron entonces a nuestro barrio funcionarios públicos, políticos y autoridades civiles a informarnos que todas las obras que llevamos a cabo en nuestras batallas no fueron ordenadas por la alcaldía local y por lo tanto habíamos incurrido en los delitos de desacato y construcción ilegal, que las abuelas, al permitir que sus nietos trabajaran, habían incurrido en el delito de explotación infantil, que, al sembrar nuestras hortalizas en espacios públicos, habíamos incurrido en el delito de invasión, que debíamos cien mil millones en impuestos y que si no pagábamos y no nos arrepentíamos de nuestros pecados y no nos resignábamos desde ese momento a nuestra suerte, nuestra pobreza y nuestra marginalidad, sin rechistar y sin guerrear, tal cual hicieron sabiamente nuestros ancestros, iríamos a parar a la cárcel por toda la eternidad. 

Pero a esas alturas de la contienda, ese tipo de amenazas ya no provocaban terror en nuestras filas. Peyo, el hijo de don Cristino, abogado de profesión y que trabaja en una organización no gubernamental para la defensa de los derechos humanos hizo suya nuestra causa, echó por tierra cada una de las acusaciones que nos hicieron y logró, para furia de nuestra enemiga, que políticos funcionarios y autoridades nos dejaran en paz. 

Mientras Peyo pleiteaba, Minga reclutaba nuevos guerreros a sus filas, a mis padres, mis tíos, el dueño del billar, el dueño de la cantina, aquel cliente borrachín que desde el bar se burlaba siempre de nosotros, su inseparable compadre y otro centenar de guerreros cuyos nombres en este momento se me escapan. Gracias a ellos se abrieron nuevos frentes de combate, la construcción de un aljibe, la siembra de árboles y arbustos nativos en las orillas del caño, una empresa cooperativa de producción de bebidas lácteas y una biblioteca, así como lo leen. «Vamos bien, mis soldados», vitoreó la abuela. Y así era. Por primera vez en nuestras oscuras vidas, íbamos bien. 

No toda guerra es mala. Por el contrario, hay guerras que valen la pena darlas y lucharlas con alma, vida y corazón. Una de ellas, como nos enseñó Dominga, es la guerra contra la indiferencia, contra ese cruzarse de brazos y resignarse a esperar lo que buenamente caiga del cielo y nos receten los dueños de este mundo, aunque lo que caiga y nos receten sean hambre, tristeza, pobreza y exclusión. Minga y sus guerreros le quebramos el espinazo a la gorda esa y, sabiendo como sabemos ahora de tácticas y estrategias, de misiles, cañones y torpedos, les romperemos la crisma a quién sabe cuántos enemigos más. 

Demás está decir que, a pesar de nuestras batallas, seguimos siendo pobres. Pero es también cierto que nuestro futuro no pinta tan terrible. En nuestras filas tenemos decenas de bachilleres y estudiantes universitarios. Yo misma estoy matriculada en una escuela de medicina y algún día, lo juro por Dios, atenderé en el hospital comunal que construyan en el barrio los fieros guerreros de mi abuela.


José Aristóbulo Ramírez Barrero
Bogotá - Colombia
Cuento Ganador Categoría C 
"La Guerra de los Niños"

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