Se llama Ilusión


Serafín tenía seis años y vivía en un pueblo muy muy pequeño, con sus abuelos.

Sus padres trabajaban a muchos kilómetros ayudando en las tierras a otras personas y solamente venían a verlo durante los tres meses de invierno. Él les extrañaba mucho. Es verdad que la abuela le daba muchos abrazos y le contaba cuentos por las noches, pero, por mucho que lo intentaba, ni los abrazos ni las historias sabían igual que los que le daba o le contaba su mamá. 

Y también es cierto que el abuelo jugaba todos los días con él en el patio y le enseñaba a coger renacuajos de las acequias, pero sus descubrimientos no eran tan interesantes como los de su papá, que le contaba cosas mágicas sobre la formación del universo o cómo funcionaban las norias.

La última vez que sus padres se habían marchado se había puesto muy triste. Normalmente se le quitaba la pena con un buen plato de lentejas con chorizo de su abuela, pero esta vez ni la comida ni el ratito de estar subiéndose a los árboles  que vino después consiguieron hacer desaparecer su tristeza. 

No veía el momento de esperar a que llegara el frío y sus padres regresaran, felices, por el camino con el resto de parejas jóvenes del pueblo que también dejaban a sus niños pequeños para poder hacerse un futuro fuera en los lugares donde sí había trabajo…

Así pasaron los días y en cuanto los abuelos se despistaban, él agarraba la foto de sus padres en la que le tenían en brazos y detrás de la que había escrito con su letra infantil la palabra “FAMILIA”, la miraba y la miraba hasta desgastarse los ojos y casi quitarle el color al papel fotográfico. El niño no sabía ponerle palabras a lo que le pasaba por dentro pero sentía el corazón encogido  en su pecho y las lágrimas a punto de salir a chorros, como los de la fuente del caño, de sus ojos. Y se sentía enfermo de golpe y sin ganas de hacer nada… salvo encogerse en cualquier rincón y acordarse de los que estaban lejos.

Un buen día, su abuela lo levantó dando gritos en su habitación:

-¡Venga, Serafín! Vamos a ponerte guapo. El abuelo ha dicho de sacar el coche un rato son las fiestas en “Pedroche” y nos vamos de verbena y limonada.  No te dejo que te quedes en la cama…

Y contagiado por la energía positiva de su abuela se puso guapo como los días de domingo y se fue con sus abuelos de paseo a disfrutar de las fiestas del pueblo vecino.

Al llegar ¡cuánta gente! Y en medio de la gran plaza de Pedroche una carpa llena en su techo de globos de colores ¡cómo le gustaría poder agarrarlos todos…! 

En su mundo estaba Serafín… animándose a ir contando el número exacto de globos. Y tal como los contaba se perdía una y otra vez al llegar al que hacía “veinte” y vuelta a empezar… 

Y en una de esas “contadas” de golpe se hizo el silencio en la plaza y todas las personas que allí estaban se quedaron como estatuas mirando hacia el paso que habían dejado en el lado de la plaza…

Y … tintantintantantin… tantratantarin… empezaron a entrar en la escena un montón de músicos vestidos uniformes con sus instrumentos tocando… la abuela le dijo:

-¡Serafín, mira…una banda!

Serafín miró a los músicos, se quedó fijo observando a uno que además venía de los últimos y sin saberlo captó lo que ese muchacho que no conocía sentía en ese momento mientras interpretaba aquella melodía alegre… 

Y le dijo a su abuela:

-Abuela, ¿cómo se llama eso que te pasa cuando haces algo y los ojos te brillan y no puedes parar de reír?

Y su abuela le dijo:

-“Ilusión”, Serafín, se llama “ilusión”…

A partir de aquel día Serafín se empeñó en que todos los días de su vida tendría por lo menos una ilusión que le hiciera abrir mucho los ojos y en la que se apoyaría siempre para sonreír… y así la espera de sus padres se le hizo más corta.


María Jesús Juan Meseguer

a todos los niños del mundo en el Día Internacional del Libro Infantil
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