Las Sonrisas Perdidas


En el pueblo de Amín, la Abuela Vieja contaba todas las noches cuentos que hablaban de niños que perdían la sonrisa y debían salir en su busca. Todos la miraban asombrados, porque, a pesar de su vejez y su piel repleta de arrugas, profundas como valles y montañas, su voz era capaz de agitar los corazones de cuantos tuviese alrededor. Cada atardecer, cuando el sol se perdía tras los Montes del Olvido y del Encuentro, la aldea se sentaba en torno a la abuela, que hablaba de otros tiempos, cuando la lluvia no quemaba, cuando había Esperanza y los niños correteaban y jugueteaban sin parar, como si fuesen ríos desbordados o caballos al galope.

Los cuentos de la Abuela Vieja eran maravillosos, claro que nadie se los creía, aunque ella afirmaba con el ceño fruncido que eran reales, que hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que los niños sonreían, en el que los poblados estaban repletos de alimentos, juegos, agua y diversión. En el que las tribus no guerreaban por la caza y el mundo era un lugar agradable para vivir. Amín la observaba cada noche, absorto ante sus palabras. Soñaba que lo que contaba la anciana era real, que realmente hubo un tiempo en el que los niños reían y vivían en paz, en el que la comida abundaba y los desiertos eran grandes sabanas repletas de vida y color.

Pero era imposible creer a la Abuela Vieja, a sus más de treinta años era ya una criatura extraña y caduca en el poblado. Nadie sabía con exactitud cuántos años tenía ni de dónde procedía. Su piel no era negra, parecía cubierta de leche y a través de los surcos de su cara se podían apreciar unos divertidos puntitos más oscuros que revoloteaban junto a su nariz. Amín la quería y la respetaba, se esforzaba por creerla, pero por más que lo intentaba era incapaz de hacerlo.

Un día llovió. Todos corrieron a refugiarse de la lluvia, pues hacía mucho tiempo que la lluvia era corrosiva, ardiente. Pero la Abuela Vieja no se ocultó con el resto de la tribu al amparo de la Roca del Agua, el refugio natural en el que se cobijaban todos. Por primera vez en mucho tiempo se puso en pie, saltó, cantó y bailó bajo la lluvia, ante las miradas aterradas de los aldeanos.

Las nubes se marcharon, la lluvia cesó. Amín corrió hacia la vieja, esperando verla abrasada y moribunda, pero se encontró con una hermosa joven de cabellos de oro, piel blanca y sonrosaba y una sonrisa como las que describían los cuentos de sonrisas perdidas de la Abuela Vieja.

Amín pensó que estaba ante un ángel, pero ella habló y él se dio cuenta, era la Abuela Vieja, sus arrugas habían desaparecido, su piel era distinta. Todos los niños de la aldea se reunieron en torno a la joven, asombrados. Ella les miró con amor, desprendía luz en su mirada, algo había cambiado en el interior de su alma.

-El momento ha llegado pequeños –dijo y su sonrisa fue aún más amplia y deslumbrante-. Podéis salir de viaje y traer de vuelta las sonrisas. Los próximos cuentos de las aldeas de todo el mundo hablarán de vosotros, los pequeños que devolvieron la esperanza a la Tierra y recuperaron las sonrisas.



El pasado lunes 2 de abril se celebraba en todo el mundo el Día Internacional del Libro Infantil... ¿en todo el mundo? No, porque hay muchos niños que no pueden comer ni beber, como para disfrutar de un libro... en Menudo Castillo nos hemos querido acordar de todos estos niños con este cuento y nos gustaría que te acordases también de ellos. Ayúdanos a encontrar sus sonrisas perdidas, que algún día, gracias a ti, que haya niños en el mundo que no tengan para comer o para beber, que haya niños trabajando o esclavizados, que haya niños viviendo sin techo... sea solo un mal recuerdo de algo que nunca debería haber pasado.

Todos podemos poner de nuestra parte, ¿qué vas a hacer tú para conseguirlo?

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