Los juguetes de Martín



Martín era un chico que tenía muuuuchos, muuuuchos, lo que se dice muchos juguetes, porque para todos sus cumpleaños, para todas las Navidades y para todos los días de Reyes recibía de regalo una montaña de juguetes. Pero claro, como tenía tantos ya no les prestaba atención.

Es por eso que los juguetes de Martín estaban desparramados por toda la casa: algunos estaban sobre su cama, sobre las sillas del comedor, debajo del sofá de la sala de estar y sobre la mesa de la cocina. Otros estaban tirados entre las macetas del patio y adentro de la cucha  de Fido, el perrito de Martín.
Los había también debajo de la cama de sus papás, entre las plantas del jardincito de adelante y ¡hasta en el baño!

Como ya no tenía lugar para ponerlos, o mejor dicho no tenía ganas de ordenarlos, muchos juguetes quedaban en el piso y cada tanto se escuchaba ¡crac! y algún autito quedaba aplastado bajo los pies de Martín o de su familia, que pasaban apurados sin verlos.

A Martín en realidad no le importaba mucho que los juguetes se rompieran ¡total tenía tantos...! Y por más que mamá y papá le enseñaban siempre que tenía que cuidarlos y guardarlos, Martín no hacía caso.

Una noche mientras todos dormían en la casa, los juguetes de Martín, despacito, despacito, hicieron una reunión en la alfombra de la habitación para decidir qué hacer, porque estaban cansados de estar tirados por todas partes.

En voz bajita para que nadie se despertara comenzaron a quejarse muy enojados:

-El otro día Martín me rompió un pedazo de hocico –dijo el caballito de madera- y ahora parezco un chiche viejo.
-A mí me pisaron sin querer y me dejaron sin las dos ruedas de adelante –dijo un autito de bomberos todo cachuzo.
-Yo creo que tenemos que darle una lección a Martín yéndonos a otra casa donde nos traten mejor –apuntó con cara seria un conejito de peluche al que le faltaba la cola.
-¡Sí! ¡Sí! –Repitieron todos al mismo tiempo.

Entonces uno a uno, fueron levantándose del  piso: los robots a pilas hicieron una larga fila y muy decididos se fueron a la calle y doblaron en la esquina. Los autitos de colección, los camiones, las motos a cuerda, junto con el auto de policía y la grúa amarilla, que ayudaba a la autobomba sin ruedas,  cruzaron la calle y se fueron a la casa del nene de enfrente.

Las pelotas de colores una por una saltaron por la ventana y rebotando, rebotando, se perdieron por las calles. Hasta un par de patines nuevos se fueron rodando contentísimos por la bajadita de la otra cuadra.

Los animalitos de peluche, con el conejo rabón a la cabeza, se amontonaron sobre una carretilla de plástico color verde y un Pinocho enorme los llevó hasta la  casa de Santiago que era el mejor amigo de Martín.

Así, de a poco, se fueron todos los juguetes... La casa de Martín quedó muy vacía y muy triste con decirte que hasta las ventanas, de puro aburridas, bajaron las persianas y se fueron a dormir.
A la mañana siguiente cuando Martín se despertó, todavía con los ojos medio cerrados, le pareció que algo raro pasaba, pero no sabía qué. Se lavó la cara refregándose los ojos con agua fría para despabilarse mejor. Entonces miró a su alrededor y ¡Oh, sorpresa! Se dio cuenta de que le faltaban todos los juguetes. No pudo encontrar ni siquiera una pelotita de ping-pong que siempre estaba tirada debajo de la mesita de la tele.

Revisó la cocina, el comedor, los dormitorios, el patio y el baño. Pero nada. No apareció ningún juguete.

La mamá fue corriendo a ver qué pasaba porque escuchó a Martín que lloraba desconsolado. Adelina, que así se llamaba su mamá, le contó a Martín que existían los Duendecillos del Orden y que si él les pedía que le devolvieran los juguetes, los duendes lo iban a ayudar, eso sí, debía prometer no dejarlos desparramados nunca más, salvo cuando jugara con ellos.

Esa noche, porque los duendes aparecen solamente de noche, Martín les hizo la solemne promesa. Después se fue a dormir de puro aburrido porque no tenía con qué jugar.

Entonces, los Duendecillos del Orden fueron a todas las casas donde se habían ido los juguetes de Martín y los convencieron de que regresaran. Y así lo hicieron muy contentos, pues ellos también extrañaban su casa a pesar de todo.

Apenas había salido el sol de la mañana siguiente cuando Martín se levantó de un salto para ver si los Duendecillos del Orden le habían devuelto sus juguetes.

-¡Sí! ¡Sí! -Gritaba emocionado mientras comenzaba a juntarlos uno por uno y los guardaba en el lugar que les correspondía.

Y al fin descubrió, con gran alegría, que los juguetes también tienen un corazón, y es el corazón de la gente que se los había regalado.


Liliana C. García
enviado desde Argentina
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