El extraño viajero


 El día de los Santos Inocentes había amanecido lluvioso y frío en Metrópoli. Eran muy pocos los ciudadanos que se animaban a desplazarse a pie a su centro de trabajo o a hacer las compras de Nochevieja y de Reyes Magos. Las calles, colapsadas de automóviles, invitaban a hacer uso del transporte subterráneo. Una invitación que gustosamente aceptaron miles de metropolitanos.   

En la parada de la Plaza de la Constitución, en el centro de la capital, un segundo antes de que se cerrasen las puertas, una extraña criatura subió al último vagón del metro. Aunque, tras apearse un gran número de viajeros, habían quedado algunos asientos libres, el recién llegado no hizo mención de sentarse. Plantado en medio del pasillo, durante el siguiente minuto se dedicó a observar el desolador panorama que se le ofrecía a sus bizcos y diminutos ojos. Al principio, sólo dos viajeros, un niño y una mujer, los únicos que  no se encontraban sesteando o manipulando sus teléfonos o reproductores móviles, se percataron de la presencia de tan estrafalario personaje.

-¿Puedo cogerlo, mamá?

-Ni se te ocurra.

-¿Por qué no? Está solo y no es de nadie.

-Eso no lo sabemos, quizá el dueño se encuentre correteando por algún vagón, o tal vez se lo haya dejado olvidado. Parece nuevo; lo más probable es que se trate del regalo de Navidad de algún niño que ahora estará lamentándose por la pérdida. Lo recogeré y lo entregaré en la ventanilla de objetos perdidos de la estación.

La mujer se incorporó y se dirigió hacia el extraño viajero. Volvió a los pocos segundos, con los ojos desorbitados y las mejillas encendidas.

-¿Qué ha pasado, mamá?

-¿No lo has visto, Miguel? ¡Se ha movido! Menudo susto me ha dado la criatura.

-¿Por qué no iba a moverse, mamá? Voy con él.

-Ni se te ocurra, Miguel –la mujer, quien había vuelto a sentarse, sujetó con fuerza la mano de su hijo-. No sabemos cuáles son sus intenciones. Espera un poco a ver lo que sucede.

Sucedió lo que nadie esperaba.

Cuando, al cabo de un minuto, el león de peluche emitió un desgarrador rugido entretanto rasgaba el aire con su zarpa derecha, todos los ocupantes del vagón se estremecieron del susto; a una mujer muy maquillada, de la impresión, se le escurrió su ‘i-Pod’ de entre las manos. Casi le da un síncope al ver el artilugio en el suelo. Suspiró  aliviada en cuanto comprobó que el reproductor no había sufrido ningún daño.

-No tema, señor, ¿no ve que es un inofensivo león de peluche? –un joven trataba de calmar a su compañero de plaza, un hombre trajeado, quien, víctima de un súbito ataque de pánico, pretendía bajarse en marcha del tren.

-Esa es la razón por la que estoy aterrorizado. ¿Rugen acaso los leones de peluche?

-En general, no;  pero, excepcionalmente, quizás ahora lo hagan. Será un leonoide, un robot. Como los muñecos de peluche tradicionales apenas se venden, es muy probable que los fabricantes hayan decidido actualizarlos.

-Si los han modernizado de verdad, ejercerán algún tipo de violencia. No resultaría extraño que hasta mordieran. Además, en los tiempos convulsos en los que vivimos, tampoco conviene descartar la posibilidad de que se trate de un artilugio ideado por la mente maquiavélica de algún terrorista. ¿Y si escondiera en sus entrañas un potente explosivo?

-No sea usted paranoico.

-Yo, por si las moscas, me trasladaré al vagón delantero.

Dos mujeres de mediana edad siguieron los pasos del hombre trajeado.

Pero las sorpresas no habían hecho más que empezar.

-¡Estoy harto! –bramó el león con una voz de ultratumba, pero perfectamente modulada- ¿Es que, bajo tierra, tampoco me va a hacer caso nadie?

-¡El león también habla! –exclamó una anciana mientras ajustaba el volumen de su audífono.

-¡No es posible! ¡Es un muñeco de peluche! Alguien debe de estar tomándonos el pelo –razonó un profesor de Filosofía, haciendo gala de la suspicacia que caracteriza a los ilustres profesionales de su gremio.

-Pues claro que habla –dijo el niño mientras aprovechaba el desconcierto general para soltar la mano de su madre y aproximarse al felino.

-¡Miguel! –gritó la mujer. Demasiado tarde. Su hijo ya estaba acuclillado junto al animal.

-¿Qué te ocurre, león? –preguntó el niño al extraño viajero.

-Soy más que un león.

-¿Quién eres?

-Soy yo.

-Eres el león Yo. Mi nombre es Miguel. Mucho gusto, Yo. ¿De dónde vienes?

El niño empezó a acariciar la cabeza del felino, y éste, en la gloria peluchera, ronroneó de placer.

-He estado más de dos meses plantado en una juguetería, y nadie se ha fijado en mí. Nadie, ni niños ni mayores. Pensaba que, cuando llegara la Navidad, alguien me compraría, pero ni por esas. Los muñecos de peluche nos hemos convertido en unas antiguallas a las que Papá Noel y los Reyes Magos miran con desdén. Sólo un milagro puede salvarnos de la extinción.

-No os quieren porque no os conocen. Yo, por ejemplo, que te conozco un poco, ya he empezado a quererte.

-¿Lo dices en serio?

-Muy en serio. Eres un león muy simpático. Dan ganas de abrazarte.

-¿Quieres jugar conmigo?   

-¿Ahora?

-Ahora estoy un poco cansado. He venido andando desde la juguetería. Mejor luego, o sea, siempre.

-Luego y siempre.

-Pero sí puedes abrazarme. Los abrazos a mí nunca me cansan.

Miguel esbozó una sonrisa eterna, la de todos los tiempos, y el león Yo, de un salto, cayó entre sus brazos.

Resuelto el incidente, los viajeros volvieron a sus asuntos particulares. Segundos después, mientras en el vagón atronaba una fanfarria de tiroriros, el león Yo, recostado contra el pecho de Miguel, soñaba con que era el rey de la selva.  



Salvador Robles
Ganador del Primer Premio Concurso Internacional de Literatura Juvenil e Infantil "El Mangrullo", en Argentina

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