Nada es lo que piensas - Un cuento de miedo


Era de noche, una noche de invierno, de las que el frio se te mete en los huesos y no te lo consigues sacar de ninguna manera, estaba con mis amigos y decidimos ver una película de miedo, ya que era  la típica noche en la que te apetece ver una, pero no de las de ahora, no, sino de las de antes, de las que mi madre me contaba que veía cuando era pequeña con sus hermanos, de las que ves y no puedes dormir en una semana, de las que luego, pasada la semana y vuelves a cobrar el sueño, y  te ríes con tus amigos de las caras que ponías cuando daba un susto.

Mi casa era una de la más viejas del pueblo, allí vivieron los padres de mis padres. Antiguamente, antes de que se mudaran mis abuelos, había un cementerio, justo encima de donde se construyó la casa y al lado, una antigua cárcel, que todavía sigue allí, pero está abandonada. Mis padres me decían que estaba vacía, pero a mí siempre me picaba la curiosidad de ir a ver qué habría dentro, puede que tuvieran razón o puede que no.

La noche que se quedaron mis amigos era el 31 de Octubre, sí, la noche que todos estábamos esperando que llegara, la noche de Halloween.

Después de cenar unas pizzas, decidimos irnos a pedir caramelos como era tradición y después quedarnos en mi casa a ver una película de miedo.

Nos disfrazamos todos y empezamos a llamar a las casas, una por una, pidiendo truco o trato. Terminamos con todas, ya que el pueblo no era gigante, pero solo nos quedaba una, una que estaba al final del pueblo, a las afueras, alejada del resto, a la que nadie se atrevía llamar porque tenía un aspecto muy tenebroso.

Cuando dije de irnos ya a casa porque habíamos acabado, uno de mis amigos dijo de apostarnos todos nuestros caramelos por ver quién iba a  la casa y llamaba. Claro, como nadie quería perder sus caramelos, decidimos ir todos juntos.

Al llegar, abrimos la reja que tenía y subimos unos cuantos escalones, cuando llegamos a la puerta principal, nos miramos unos a otros para ver quién sería el valiente que osaba a llamar al timbre. Después de 10 minutos y que nadie llamara, decidimos tocar todos el  timbre, pero no contestaba nadie, y empezamos a bajar rápidamente, asustados. Pero, de repente, escuchamos una voz áspera que nos decía:”qué queréis, para qué habéis venido”. Nos giramos rápidamente, era un señor  ya entrado en años, alto, y con la piel blanca, nos miramos y dijimos al unísono: ¿truco o trato?, El señor nos dijo con voz rápida:“esta noche no es una cualquiera, no os la toméis como un simple juego, ya que vuestras vidas pueden cambiar”.

Le miramos con caras raras y le dije rápidamente: ¿Por qué dice eso?, y nos respondió: Algo esta noche sucederá, y nos cerró la puerta.

Nos fuimos todos pensativos, comentando entre nosotros lo que podrían significar las palabras de aquel hombre, estuvimos todo el camino pensando, hasta que llegamos a mi casa, y nos pusimos de acuerdo en olvidar aquellas palabras, ya que pensábamos que nos estaba tomando el pelo.

Cuando entramos en mi casa, todo estaba oscuro, no había nadie. Mis padres se habían ido y hasta mañana no volverían. Nos hicimos unas palomitas, elegimos la película y entre risas nos sentamos todos a verla.
Nada más empezar unos cuantos nos tapamos la cara con cojines, y otros cuantos seguían comiendo palomitas como si nada, no sé cómo pasaría pero a la mitad de la película acabamos todos apretados en el mismo sofá.

Al final la película acabó y ya eran casi las 12. Estuvimos comentando la película durante un rato, y les conté que antes de que mis abuelos compraran esta casa, abajo había un cementerio y que el edificio de al lado era una cárcel abandonada, pero antes de poder acabar la frase escuchamos unos ruidos bastante extraños y nos asustamos. Rápidamente les dije que habría sido el suelo, que como era tan viejo, chirriaba, y apenas le dimos importancia, fui a proseguir contando la historia, pero volvió a chirriar,  ya no solo era eso, sino también se escuchaban pasos, uno de mis amigos dijo: chicos no estamos solos.

Decidimos ir a ver si era cierto.

Subimos la primera planta con mucha cautela, y nos quedamos quietos, esperando volver a oír los ruidos para ver de dónde procedían, al rato se volvieron a escuchar, venían de arriba del todo, de donde guardábamos todos los trastos. Fuimos subiendo poco a poco e intentando hacer el menor ruido posible. Cuando estábamos delante de la puerta, no sabíamos realmente si queríamos abrirla o no, pero al final lo hicimos. Miramos rápidamente, pero no había nadie, solo había un pergamino en medio de la habitación. Andamos despacio hacia él, por si acaso pudiera ser algún tipo de trampa, lo cogimos rápido y salimos corriendo de allí.

En el pergamino había una especie de mapa, con frases escritas en otro idioma, no lo conseguimos descifrar, pero decidimos ir a averiguar lo que significaban esas letras, y ver dónde  nos llevaría el mapa.

Supusimos que el  mapa empezaría en el centro del pueblo, ya que había dibujado una iglesia y en el único sitio del pueblo donde hay una es allí. Fuimos corriendo hacia la plaza y al llegar miré el reloj, ya eran las 12 pasadas. En la entrada de la iglesia había una frase que ponía: “Una vez  empezado, no podéis pararlo”. En ese momento supimos que no debíamos haber ido a ver qué significaba el pergamino, ya que ahora ninguno nos atrevíamos a dejarlo, entonces dije yo: bueno, cuanto antes empecemos, antes acabaremos.

Se miraron todos y asintieron con la cabeza, después miramos el pergamino y seguimos las rayas que había dibujadas, y que cuando se acababan, vimos que nos llevaban al mismo lugar del que empezamos, mi casa. Pero nos dimos cuenta de que no, no tenía nada que ver con mi casa, era la antigua cárcel.

Nos colamos y entramos, sin rodeos, sin mediar una palabra, solo pensando que esto podía acabar aquí, y ahora mismo. Al entrar había un montón de celdas y un patio en medio, pero en medio de ese patio había algo, bajamos a verlo, no lo podíamos creer, era una silla eléctrica. Nos miramos todos con cara de pánico, y dijo un amigo en voz alta: esto no era una simple cárcel. Corrimos rápidamente a la siguiente sala que había al lado, entramos, esperando encontrarnos cualquier cosa, y sí, así era, había en el centro de la sala una camilla, y una mesa con materiales cortantes y punzantes, en ese momento pensé en por qué mi madre y mi padre siempre me decían que no entrara, que no había nada, y maldecía este día.

Salimos de allí, y en la puerta de la sala había un número escrito, ponía: 113. Una de mis amigas dijo que sería otra pista, ya que en el pergamino no había escrito nada más. Fuimos buscando alguna celda que tuviera ese número, el 113. Después de una larga búsqueda la encontramos, era una celda pequeña, con una sola cama, pero tenía algo que la diferenciaba de todas las otras, tenía todas las paredes escritas, pero escritas en otro idioma, miramos el pergamino y una de esas frases coincidía con el pergamino, estaba escrita en sangre, nos quedamos paralizados, y de repente escuchamos la voz de un hombre detrás nuestro, nos dimos rápidamente la vuelta. No, no podía ser, era un sueño, esto no puede estar pasando, gritó uno de mis amigos, era el hombre de la casa que fuimos a pedir caramelos y nos dijo aquellas cosas tan extrañas. Ahora todo cuadraba, era una broma de mal gusto, o eso quería creerme.  Le miramos y nos dijo: Nada es lo que piensas. Y se fue corriendo, le intentamos seguir, aunque le perdimos, pero al salir corriendo se le cayó un papel que ponía: 

Preso 113. Fallecido en el 1.934, por causas desconocidas, el día 31 de Octubre. Encontrado en su celda, en la cama y con las paredes recién pintadas. La celda ha sido limpiada, pero las letras vuelven aparecer, damos por seguro que nadie volverá a entrar en esa celda nunca más.

Firmado el departamento de seguridad.

Salimos de allí corriendo, sin pensar, sin mirar atrás. Aquella noche nuestras vidas cambiaron por completo.

Nada más llegar a casa nos sentamos en el sofá y quedamos de acuerdo en que por la mañana se lo contaríamos a los mayores, y nos tendrían que creer, ya que teníamos la prueba de la casa, el hombre que vivía en la casa, y de que era un fantasma, teníamos la carta del departamento de seguridad. Fui a sacarme del bolsillo la carta, pero no la encontraba, miré a mis amigos y les dije: no está, se me habrá caído al salir corriendo de la cárcel. Y otro amigo dijo: no sé vosotros pero yo no pienso volver más allí, y todos asentimos con la cabeza, y afirmé: Bueno todavía tenemos la prueba de que el hombre existe y vive en la casa.

Nos pasamos toda la noche en vela, unos pegados a otros, sin creernos lo que había pasado aquel día.

A la mañana siguiente, nada más llegar mis padres se lo contamos, pero no nos creyeron, simplemente nos dijeron: Lo habréis soñado, es imposible. 

Y corrimos a enseñarles la casa, pero nada más llegar vimos que había un cartel en la valla que ponía: Se vende. Nos quedamos sorprendidos, y nos miramos, subimos todos corriendo los escalones y llamamos a la puerta, pero nadie nos abría. Era imposible el hombre había desparecido.

Pasados unos meses, decidimos hacer como si nada hubiera pasado y nos pusimos de acuerdo en que las noches de Halloween serían como otra noche cualquiera. Respecto al hombre, o mejor dicho, fantasma, nunca le volvimos a ver.



Ainara Schimpf Mateos
15 años 
Villanueva de Perales
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