Cuentos del Mundo - Rusia. La montaña de oro



La montaña de oro

Hace mucho tiempo, en la lejana Rusia, vivía el hijo de un anciano comerciante que heredó toda la fortuna de su padre al morir este. El hijo del comerciante se gastó toda su fortuna en pocos años, llegando al extremo de no tener dinero ni para comer. Así que, acostumbrado como estaba a no trabajar nunca y a tener todos los caprichos al alcance de sus deseos, no tuvo más remedio que coger una azada gastada e ir al mercado, esperando que alguien quisiese contratarlo como jornalero.

Y he aquí que un comerciante, que era único entre setecientos, por ser setecientas veces más rico que ningún otro, acertó a pasar por allí en su coche dorado, y apenas lo vieron los jornaleros que en el mercado estaban, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Quedando solo en la plaza el hijo del comerciante, al que el rico se acercó rápidamente.

-Chico - ¿Quieres trabajar? –Preguntó el comerciante que era único entre setecientos-. Yo te daré trabajo.
-Con mucho gusto, señor, para eso he venido al mercado.
-¿Qué sueldo quieres ganar?
-Si me das cien rubios diarios, trato hecho.
-¡Es una suma excesiva!
-Si te parece mucho, busca a alguien más barato. La plaza estaba llena de gente y en cuanto has llegado, todos han desaparecido.
-Bueno, está bien; mañana te espero en el puerto con las primeras luces del día.

Al día siguiente, a primera hora, el hijo del comerciante se presentó en el puerto, donde ya lo esperaba el comerciante único entre setecientos. Subieron a bordo de una embarcación y pronto se hicieron a la mar. Navega que navegarás, llegaron a la vista de una isla que se levantaba en medio del Océano. Era una isla de altísimas montañas, en cuya costa había algo que resplandecía como el fuego.

-¿Es fuego eso que veo? –Preguntó el hijo del comerciante.
-No; es mi castillo de oro.

Se acercaron a la isla, se acercaron a la costa. La mujer y la hija del comerciante único entre setecientos salieron a recibirlos, y la hija era de una belleza que ni la mente humana puede imaginar, ni en cuento alguno puede describirse. Cuando se hubieron saludado, entraron al castillo con el nuevo jornalero, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

-Regocijémonos hoy –dijo el rico comerciante- mañana trabajaremos.

El hijo del comerciante era un joven rubio, fuerte y majestuoso, de complexión colorada y agradable aspecto, y se prendó de la hermosa doncella, al igual que la muchacha se quedó prendada de él. Al terminar la velada, la chica se retiró a la habitación contigua, llamó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón, diciendo:

-Toma, utiliza esto cuando me necesites.

Al día siguiente, el comerciante que era único entre setecientos salió con su criado en dirección a la montaña de oro situada en el centro de la isla del comerciante. Iban acompañados de un precioso caballo castaño de tiro, al que le costaba mucho caminar, pero que les acompañaba obediente en su camino. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre y cuando aún no habían ascendido ni a la mitad de la montaña el caballo decidió que no daría un paso más.

-Bueno -dijo el comerciante sin darle demasiada importancia al cansancio del caballo,- ya es hora de que echemos un trago.

Lo que el joven no sabía es que el rico comerciante le había echado una droga en el agua para que se quedase dormido. Una vez estuvo inconsciente, el comerciante sacó un cuchillo de su cinturón, mató al caballo y metió al joven y a su azadón en el interior del animal, cosiendo después la herida y escondiéndose en una cueva cercana.

Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos tan grandes como un hombre. Los cuervos cogieron al cadáver del animal y se lo llevaron a la cumbre para cebarse en él a su gusto. Empezaron a mondarlo hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en la piel del animal y llegaron hasta el hijo del comerciante, que al sentirlos se despertó, ahuyentó a los negros cuervos y ya fuera del cadáver del caballo, miró a todas partes y se preguntó:

-¿Dónde estoy?
-En la montaña de oro –le contestó el amo gritando desde abajo.- ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El hijo del comerciante se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El comerciante lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve carros.

-Ya me bastará –gritó el comerciante único entre setecientos.- Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!
-¿Y yo qué hago?
-Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! –Y esto diciendo, se alejó.

El hijo del comerciante no sabía qué hacer y se encontraba en una situación muy apurada. Bajar de la montaña parecía imposible y seguía sin explicarse bien cómo había llegado allí arriba, tendría que haber volado para conseguirlo… entonces vio a los cuervos sobre su cabeza, esperando a que muriese de hambre o agotamiento para devorarlo.

Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa doncella le había dado en secreto un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando se viese en un apuro. "Tal vez no me lo dijo en vano ¬-pensó.

-Voy a probar –Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos jóvenes, hermosos como héroes.
-¿Qué deseas? –Le preguntaron al momento.
-Necesito que me saquéis de la montaña y me llevéis a la orilla del mar.

Apenas había hablado, lo cogieron uno por cada brazo y lo bajaron suavemente de la montaña. El hijo del comerciante caminaba por la orilla, cuando he aquí que una embarcación pasó cerca de la isla.

-¡Eh, buenos marineros, llevadme con vosotros!
-No, hermano; no podernos recogerte. Eso nos haría perder cien nudos.

Los marineros siguieron su ruta, empezaron a soplar vientos contrarios y se desencadenó una espantosa tempestad.

-¡Ah! Bien se ve que no es un hombre como nosotros. Sería mejor que volviésemos a recogerlo a bordo.

Se acercaron a la costa, hicieron subir al hijo del comerciante y lo llevaron a su ciudad natal. Algún tiempo después, que no fue mucho ni poco, el hijo del comerciante cogió el azadón y se fue a la plaza del mercado a ver si alguien lo contrataba. De nuevo volvió a pasar el comerciante único entre setecientos, en su coche de oro, y apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.

-¿Quieres trabajar para mí? –Le preguntó el rico comerciante sin reconocer al chico al que esperaba muerto en la cima de la montaña.
-Con mucho gusto. Dame doscientos rublos diarios y trato hecho.
-¿No es demasiado?
-Si lo encuentras caro busca un jornalero más barato. Ya has visto cómo han echado a correr, al verte, todos los que aquí estaban.
-Bueno, no se hable más; ven mañana al puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico comerciante sacó una botella y dijo.

-Ya es hora de que bebamos.
-Espera -advirtió el criado.- Tú, que eres el amo, debes beber el primero; deja que te obsequie con mi vino.

Y el hijo del comerciante, que había tenido la precaución de procurarse un narcótico, llenó un vaso y se lo ofreció al comerciante, único entre setecientos. Éste se lo bebió y se quedó dormido. El hijo del comerciante mató el más viejo de los caballos, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos, cogieron el cadáver de la bestia, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El comerciante que era único entre setecientos, despertó y miró a todos partes.

-¿Dónde estoy? –Preguntó asustado.
-En la montaña de oro -gritó el hijo del comerciante.- Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te enseñaré la manera de bajar.

El comerciante único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

-Descansa, ya tengo bastante -gritó el hijo del comerciante.- ¡Gracias por tu trabajo, y adiós!
-¿Y yo qué hago?
-¿Tú? Ya te arreglarás como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. Contigo serán cien.

Y esto dicho, el hijo del comerciante se dirigió al castillo con los veinte carros, se casó con la hermosa doncella, la hija del comerciante único entre setecientos, y dueño de todas las riquezas que éste había amontonado, fue a vivir a la ciudad con su familia. Mientras que el comerciante rico entre setecientos se quedó en la montaña para siempre…
Share on Google Plus

Bienvenidos a MENUDO CASTILLO

Menudo Castillo es un proyecto de animación a la Literatura y a la Curiosad que no para de crecer y que utiliza los libros, el arte y la cultura en general para que los más pequeños de la casa comprendan que todo esto es mucho más divertido de lo que siempre les han contado. ¿Te quedas un rato con nosotros? Las puertas del Castillo están abiertas, aprovecha.

Escúchanos en el 107.3, el 107.8 y/o el 107.9 si estás en la Sierra Oeste de Madrid o en sus alrededores y en www.radio21.es si estás en cualquier otro rincón del mundo

Puedes también descargar todos nuestros programas en IVOOX.com
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...