Un cuento para Halloween


Nunca es buena idea hurgar en los Misterios

La casa tenía un aspecto terrorífico y todo el mundo la llamaba, la Casa Embrujada. Nadie se acercaba a ella desde hacía más de quince años, desde que a Charly, el cartero, algo que no había logrado identificar había intentado sujetarle de la chaqueta al llevar una de las últimas facturas que se quedaron sin pagar al banco.

Siempre había sido una casa misteriosa, lo decían todos los vecinos de Mirwa Town, aunque muy pocos recordaban si alguna vez había tenido gente viviendo entre sus destartaladas paredes de madera sucia y carcomida. Sólo la vieja Rachel, de la que algunos decían era una bruja, aunque la mayoría simplemente pensaba que estaba loca, solía afirmar que allí había habitado una familia, los Rushell. Una familia que se había evaporado de la noche a la mañana y a la que nadie salvo ella había vuelto a recordar.

Si te acercabas hasta su casa, situada en la esquina de la Avenida de Chesterton, a la vista de la Casa Embrujada, y le pedías amablemente que te contase la historia de los Rushell, Rachel te la contaba sin demasiados reparos, aunque decía temer desaparecer ella misma algún día si la contaba demasiadas veces, advertía de que querer desentrañar los misterios de la vida era la mejor manera de acabar formando parte de un nuevo misterio sin resolver. Todos los niños de Mirwa Town acudían a su casa más tarde o más temprano para que la vieja les narrase el misterio de los Rushell. A todos les asustaba, hasta el punto de que muchos de ellos no podían conciliar el sueño durante varias noches después de escuchar la historia, pero escuchar aquel cuento de terror era inevitable si querías formar parte de la comunidad, si no conocías el terrible caso de la Familia Rushell no eras un ciudadano normal.

Era curioso, si cualquier visitante preguntaba a los vecinos de Mirwa Town qué había sucedido en la Casa Embrujada le contaban la historia sin omitir detalles, todos la conocían; pero dependía de quién te la contara el que los detalles fuesen unos u otros, incluso los pequeños que acudían a Rachel a que les contase la historia encontraban en la narración detalles diferentes, aunque hubiesen escuchado a la vieja al mismo tiempo. Los detalles estaban relacionados con sus miedos más insoportables, cada cual escuchaba detalles que le aterraba a sí mismo. Por eso nadie desconocía en Mirwa Town la Leyenda de los Rushel, porque escuchándola descubrían sus propios miedos y terrores.

Había un detalle en el que Rachel siempre ponía mucho énfasis, nadie debería acercarse jamás a esa casa, ¡nunca! Y menos aún en noches de luna llena.

Así pues, a pesar de todo, los habitantes de la ciudad obedecieron a Rachel. Quince años llevaba la casa sin ser visitada por un desconocido, quince años llevaba el bueno de Charly teniendo pesadillas y quince años llevaba Mirwa Town sin conocer el paradero de los Rushel salvo a través de las historias contadas por la vieja Rachel. Era una ciudad tranquila, Mirwa Town, siempre lo había sido. Hasta que una luz se encendió en el interior de una de las ventanas de la mansión la noche anterior al Día de Brujas. Nadie olvidaría aquel Halloween en Mirwa Town. ¿O puede que si lo hiciesen?

Era víspera de Halloween y la pandilla de Dani había decidido, muy valientes ellos, que había llegado el momento de pedirle a Rachel que les contase la Leyenda de los Rushell. Como era habitual y tradición en Mirwa Town, se escaparon de su casa durante la noche (algo que los padres ya sabían en el pueblo, pues ellos mismos lo habían hecho en el pasado) y corriendo a hurtadillas toda la Avenida de Chesterton hasta llegar a la casa de la vieja loca.

Eran cinco, todos eran naturales de Mirwa Town y tenían doce años, la edad apropiada para iniciarse en los misterios de su propia ciudad. La pandilla estaba compuesta por el propio Dani, un muchacho rubio y pecoso; Óscar, moreno y con gafas, además de bastante alto para su edad; Ally, también morena, con el pelo rizado y la más empollona de todo el grupo; Shara, que ya apuntaba a joven animadora a sus doce años y a la que siempre le gustaba vestir de un modo bastante llamativo; y Toby, el niño gordito que siempre hay en cada pandilla y al que siempre le costaba muchísimo seguir el ritmo de los demás cuando corrían.

Llegaron a casa de Rachel, jadeantes y sonrientes, aunque algo acobardados. Sabían que era el momento y que tarde o temprano les tenía que tocar escuchar la historia, serían los más valientes de su clase y todos les guardarían mucho respeto en cuanto se enterasen de lo que iban a hacer.

Dani, el líder natural del grupo, se dispuso a golpear la puerta avejentada de la diminuta casa de la bruja, pero Toby le dijo que esperase y volvió a preguntar si aquello era buena idea, él no quería convertirse en un misterio ni averiguar sus miedos, no todavía. Los demás se rieron de Toby, aunque sólo fue para ocultar su propio nerviosismo. Ninguno, salvo Toby, había tenido el valor de confesar que estaban muy asustados.

Dani, con una risilla nerviosa y con la intención de demostrarle a Shara que era el más valiente de la clase y del grupo, se acercó envalentonado a la puerta para golpearla, pero antes de que pudiese hacerlo ésta se abrió con un chirrido estrepitoso y ocurrió algo que nadie había contado jamás que hubiese pasado con anterioridad. La vieja Rachel salió corriendo de su casa, como si algo perverso la persiguiera y ni siquiera les miró, cuanto menos les contó la historia. Sólo gritaba una única frase: ¡Hay luna llena!, ¡Hay luna llena!

Y era verdad, lo habían escuchado todos en las noticias, hacía quince años exactos que la noche de Halloween no era bañada por la luna llena. Todos miraron al cielo estrellado y contemplaron la sonrisa plateada que les dedicaba la luna. El que más o el que menos tuvo un ligero temblorcillo de miedo. Sobre todo después del susto que les había dado aquella vieja loca, que corría… ¡corría hacia la casa lanzando alaridos relacionados con la luna llena y… una ventana encendida!

Óscar fue el primero en ver aquella ventana encendida y alertó al resto del grupo de lo que acababa de contemplar. Se miraron alarmados, eso sí que era un misterio, ¿quién podría estar en la Casa Embrujada?

De pronto lo tuvieron claro, los Rushell. Y las piezas les empezaron a encajar en la atropellada conversación que mantuvieron al pie de la casa de Rachel. La luna llena, el misterio de la familia, los quince años exactos de su desaparición… estaba claro lo que ocurría. Los Rushell habían regresado de algún modo y Rachel lo sabía, sabía que estaba a punto de desentrañar el misterio. Sería una mujer famosa, saldría en todos los periódicos, en la tele… y claro, no hay cosa que un niño desee más que salir en la televisión y que le vea todo el mundo, así que decidieron entre todos correr a la casa y ser ellos los que desentrañasen el misterio.

Toby se negó, él no quería desentrañar ningún misterio, ni siquiera debería haber salido de su casa, estaba muerto de miedo. No… se iría a su casa. Pero el resto del grupo se burló de él, le llamaron cobardica y le dijeron que le contarían a todo el mundo que se había meado en los pantalones. Toby se puso a lloriquear que no quería ir, pero al final fue Shara la que le convenció, prometiéndole que sería su novia durante una semana si les acompañaba a la mansión.

Sus piernas de niño corrían mucho más veloces que las de la anciana, aunque era sorprendente que aquella señora que apenas podía salir de su casa para hacer la compra pudiese correr tanto como lo hacía en esos momentos. Pronto la alcanzaron en la carrera hacia la casa, ellos serían los primeros en entrar. Rachel les gritó que se parara, les dijo que no llamasen a la puerta, lloró, gritó, gimió, les insultó… lo intentó todo para que no fuesen hasta allí, incluso les intentó explicar lo que significaban la luz y la luna llena, les prometió enseñarles que de verdad era una bruja… pero ninguno de los chicos se detuvo, ni siquiera Toby, aún conmocionado por la noticia de que iba a ser novio de Shara durante toda una semana.

Dani, Shara, Toby, Óscar y Ally llegaron hasta el porche de la Casa Embrujada, donde no pisaba alma humana desde hacía quince años y dónde los gatos ni siquiera se atrevían a pasear. Fue Dani quien, a pesar de estar completamente aterrado en esos momentos llamó a la puerta.

Un alarido aterrorizado de Rachel se perdió en la noche de luna llena. Todo se quedó en silencio, incluso el viento dejó de azotar las tejas bamboleantes del tejado y las ramas crujientes de los árboles envueltos en sombras. Los cinco se miraron entre sí, dubitativos, temblorosos, sin aliento.

¡Y la puerta de la casa se abrió!

En el umbral de la puerta apareció una niña de su misma edad, vestía una ropa pasada de moda y estaba muy pálida, demasiado pálida en realidad. Tenía el pelo muy largo, casi hasta los pies y lo llevaba peinado muy liso. Al verlos allí, frente a su puerta, se llevó un pequeño susto por la sorpresa, pero luego sonrió. La pandilla vio algo extraño en la ambigüedad de su sonrisa ¿o sería por los cercos morados que rodeaban sus ojos grises? La sonrisa de la niña se ensanchó. Miró más allá de los cinco niños y vio a la vieja Rachel desmadejada en el suelo, quizás desmayada… o muerta.

Miró a los chicos, uno por uno, asustándoles con la intensidad de su mirada. Puso especial atención en Dani… se escucharon pasos en el interior de la Casa, los cinco muchachos quisieron salir corriendo de allí, alejarse, pero era como si tuviesen los pies clavados en el piso del porche.

Tras la niña apareció una mujer muy guapa, pero casi desvaída y de mirada muy triste. La mujer llegó hasta la niña y puso una mano en su hombro derecho. Los cinco niños estaba cada vez más asustados. De la nada, o eso les pareció a ellos, apareció un hombre tan pálido como la niña, parecía enfadado por algo y tenía una mancha oscura en el pecho, a la altura del corazón. Llevaba en brazos un bebé que dormía, también muy blanco, vaporoso a la vista.

Dani notó un calor incómodo en la entrepierna, se había meado en los pantalones. Óscar quiso gritar, pero no salió un solo ruido de su garganta. Toby, Ally y Shara sólo querían correr, huir, pero no pudieron hacerlo.

-Mira papá –musitó la niña sin dejar de sonreír, su voz retumbaba en sus oídos aunque apenas se elevó por encima de la brisa que empezó a correr- mis nuevos amigos.


A la mañana siguiente encontraron el cuerpo de la vieja Rachel, las autoridades supusieron que había sufrido un ataque al corazón fruto de su avanzada edad y su locura. De los cinco niños nadie volvió a saber nada. Alarmados por su desaparición incluso hubo policías investigando en el interior de la Casa Embrujada sin encontrar otra cosa que un colgante que los padres de Shara reconocieron.

Nadie más volvió a ver a Shara, ni a Dani, Óscar, Ally o Toby. Nadie más volvió a entrar jamás en aquella casa ni a acercarse siquiera, la casa de Rachel fue derruida y en su lugar se levantó la biblioteca de Mirwa Town. Aquellos chicos quisieron desvelar un misterio y ellos mismos se convirtieron en uno.

Dicen que en noches de luna llena, si uno se acerca lo suficiente a la Casa Embrujada, puede escuchar las voces de varios chicos pidiendo huir de la mansión y que provocan los gritos coléricos de un hombre, el llanto de un bebé y los chillidos histéricos de una niña que siempre pregunta por qué no quieren jugar con ella.


FIN

Javier Fernández Jiménez
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